La Radio del Gato

jueves, 23 de agosto de 2012

Edición extraordinaria Cabrera "Intro" Libro de Poemas + DVD




A Fernando Cabrera le gusta dejarse llevar. Ir con la corriente. Incluso, jugar a hacer lo contrario a lo que desearía. Dejar que, al menos de un modo inconsciente, resuelvan los demás. Quizás por eso dice que su madre, Norah, y su profesora de guitarra, Noemí Porratti, determinaron su vida. La primera lo llevó a estudiar ese instrumento con solo seis años. La segunda lo inició en un camino que se convirtió en su profesión, en su razón de ser, en su felicidad. En todo.

Por estos días Fernando Cabrera (55) está "en shock". Cumple 35 años de carrera profesional y eso es difícil de asumir. Le cuesta pensar que ya pasó en los escenarios más tiempo del que transcurrirá. Esa es la "nueva ficha" que da vueltas por la cabeza de este cantautor que transitó por un camino poco convencional: de lo complejo a lo simple, de ser un músico de culto a volverse masivo, de ganar tranquilidad a una altura de su trayectoria en la que muchos la pierden.

Detrás de ese shock hay en Cabrera varios niveles de satisfacción y alegría. El crecimiento de su público -que él ubica de ocho o diez años atrás a esta parte- le brinda tranquilidad profesional y económica, pero también psicológica. "Es una satisfacción vinculada al hecho de creer que no estaba tan equivocado, que no era malo lo que yo proponía", resume.

VOCACIÓN. De niño, en la casa de Cabrera la música era habitual. En el tocadiscos Geloso sonaban Julio Sosa, Héctor Mauré, Aníbal Troilo, el pianista estadounidense Eddy Duchin y el español Alberto Closas. También se oía silbar con excelente afinación a su madre temas como Garota de Ipanema y se escuchaban los tangos que ponía Alfredo, su padre. Pero lo que sobre todo sonaba eran voces de niños: Fernando es el mayor de ocho hermanos. Además, en frente vivían nueve primos y a pocas cuadras cuatro primas. En total, "un batallón" de 21 chicos que se criaron juntos en Paso Molino, experiencia que marcaría su vida.

Lo positivo es que desarrolló el espíritu de equipo, una sensación que define como "un pequeño país dentro de un país donde todo se comparte". Lo negativo - "sin acusar a nada ni a nadie", aclara- es que la personalidad se desdibuja. "No hay sensación de individuo, todo es compartido, se te trata como un colectivo. Creo que es inevitable, tenés que ponerte en el lugar de una madre o un padre de ocho niños, no tenés más remedio que inculcar el `todo para todos`, pero claro, nunca tenés nada propio". Para Cabrera el costo de eso fue ser un niño que buscaba individualizarse, incluso a través de la soledad, y el tornarse introspectivo, un herramienta que juzga fundamental para el trabajo artístico.

Los cuadernos que traía de la escuela Maturana tienen una particularidad. Al final de cada tarea, sin importar que fuera de geografía, historia, una redacción o un ejercicio de aritmética había un dibujo. Son variados, pero especialmente hay aviones y autos. Cabrera mantiene esa pasión, aunque dice que no dibuja bien, y su madre aún conserva las carpetas con esos trazos.

A ese niño que no manifestaba especial interés por la música le trajeron una guitarra envuelta, un libro de pentagramas y un cuaderno de solfeo. Era una época en la que un chico no discutía una elección de sus mayores. Así que comenzó las clases. "No digo que me haya gustado desde un comienzo. Al contrario, es muy árido. Me salían ampollas en los dedos, me costó como un año de clases empezar a poner una posición y que sonara un acorde como para que sonara una canción. Fue muy trabajoso, muy árido, fui muchos años a clase. Un poco con ganas, otro poco sin ganas, como obedeciendo, como vas a la escuela también".

Con ese espíritu de obligatoriedad continuó cantando puertas adentro pero también en público. Su profesora lo presentaba en espectáculos de todo tipo: canales de televisión, fiestas, quermeses. Para él subirse al escenario era algo natural, como jugar al fútbol o ir a la playa. Sin embargo, nunca fue muy comunicativo en sus recitales. Él lo explica por ese trasfondo de timidez que siempre lo acompañó, aunque con el paso de los años aprendió a manejarlo de otra forma. De todos modos, prefiere el lugar del que escucha los cuentos al del que los hace.

Después, cerca de los 12 o 13 años nació ese amor por la música que no lo abandonaría. "Entre mi madre y ella, mi profesora, resolvieron mi vida de alguna manera. Yo después puse lo mío, seguí estudiando, me seguí preocupando y apareció en mí la vocación, algo en lo que yo creí y aposté".

Con el Bachillerato llegaron a la vida de Cabrera personas que le cambiaron la cabeza. Su derrotero. Por esa época la música se mezclaba con el estudio, pero también con el trabajo. El primero fue muy duro: en un reparto de querosén en un camión. Después siguieron otros. Fue taxista unos dos años y luego empezó a dar clases de guitarra en Montevideo, Colonia y San José. También fue arreglador, productor y crítico musical y de espectáculos en diversas publicaciones. Además, trabajó como copista de partituras para el Sodre, cuando se escribía para cada atril las notas a mano, con tinta china, perfectas.

Siempre vivió de la música. Lo que en los últimos años ganó fueron menos sobresaltos y altibajos, y poder elegir a qué decir que no con mayor libertad. Aunque con tantos amigos y conocidos, el "no" es algo que dista de ser fácil.

CANCIONES. Fue a los 20 o 21 años que Cabrera pasó de ser un aficionado a tomarse la música en serio. Su decisión no fue bien vista en su familia, que mostraba lejanía y frialdad frente a las manifestaciones artísticas. Lo contrario a lo que él sentía. "Tengo infinidad de intereses de todo tipo que no estaban presentes en mi mundo familiar. Los encontré gracias a mi curiosidad y a personas que fui conociendo".

Desde la infancia había tenido grupos, dúos, tríos, conjuntos. Por eso no puede determinar un momento en que su carrera pasó a ser profesional. Lo que sí es claro es que MonTRESvideo (1981), del trío del mismo nombre, fue su primer disco. Después, vino otro grupo, (y otro disco) Baldío (1983), mucho más eléctrico, con influencias beatleras y del jazz. A partir de 1984 es solista; ese año se edita El viento en la cara.

En el tiempo que transcurrió desde entonces Cabrera tocó con muchísima gente "de un nivel increíble". Concretó el sueño de poder conocer a quienes habían sido sus referentes, ídolos, personas que consideraba "en otro planeta" como Eduardo Mateo, Ruben Rada y Daniel Viglietti, y dio recitales con leyendas como Braulio López y Eduardo Darnauchans. Eso es parte del agradecimiento que manifiesta una y otra vez. También es un agradecido a los sellos discográficos, a los colegas, los medios de comunicación y sobre todo a la sociedad uruguaya, que le permitió desarrollarse como artista con absoluta libertad, aunque propusiera un producto que, él mismo admite, nunca fue del todo fácil.

Cree que su voz -que a él tampoco le gusta pero ama cantar- le jugó en contra durante años. Impidió que mucha gente escuchara una canción suya por segunda vez. El cantante, entonces, perjudicó al compositor, sostiene.

Ahora que es momento de balance Cabrera está satisfecho. Se define como un perfeccionista (pero no obsesivo), muy poco adepto a los sociales, semipasivo, un ser que tiene incorporada la aceptación. "Si el viento cambia para allá voy con el viento para allá. No tengo el orgullo ese de salirme con la mía".

Cabrera no se casó ni tuvo hijos. En eso influye el destino, la suerte y quizás el no tener facilidad para formar y mantener una pareja. Dice que no le pesa, puede que porque las experiencias que tuvo no fueron del todo buenas. De todos modos, es un terreno en el que "nunca se sabe" qué pueda suceder en el futuro, admite.

Hoy componer es lo que lo hace más feliz. Después siguen tocar y grabar. Para los años que vienen su deseo es hacer una "enorme cantidad de canciones", dar recitales - "lo más lindo que hay"- y grabar discos. Ya tiene compuestos temas para que haya discos suyos por 25 años más. Canciones le sobran, dice. Igual va a seguir creando. Es que el tiempo está después.

LLEGA INTRO, LOS POEMAS
En la casa de Fernando Cabrera, en Ciudad Vieja, hay portalápices por todos lados. Hay en el living, en el dormitorio, hasta en la cocina. Es que cuando viene una idea debe tener cómo anotarla. Al salir a la calle siempre lleva al menos una lapicera. Dónde anotar se consigue más fácil, dice. Y sonríe. Otra de las características de Cabrera. Sonríe mucho, con la boca y también con los ojos. La mayoría de las veces le viene a la mente primero una idea de una letra que su música. Puede estar meses trabajándola, corrigiéndola. La deja descansar unos días y la retoma. "Ese estado es para mí el más maravilloso de la vida", dice. Además de componer canciones, Cabrera escribe poemas desde los 12 o 13 años. Hasta ahora no se había animado a publicarlos (salvo unos pocos en el libro 56 canciones y un diálogo). Eso cambiará el 1° de septiembre cuando se edite Intro, un libro de 65 poemas de Cabrera, un lenguaje que le permite más libertad. Contiene además un DVD grabado en el mítico estudio Ion de Buenos Aires, con temas que recorren su extensa trayectoria. Intro será presentado el 1° y 2 de septiembre en el Teatro Solís. Además, prepara para el otoño un disco con temas nuevos.

SUS COSAS
Un orgullo
"Yo escucho MonTRESvideo hoy y me llena de orgullo, porque me parece tan peculiar, no se parece a nada; no se puede decir `es heredero de tal cosa`. Es increíble la armonía, las voces, la forma de tocar la guitarra", dice Cabrera de su primer disco. Es una excepción porque en general escucha sus obras muy cada tanto.

Un lugar
Fernando Cabrera vive en la Ciudad Vieja, en un apartamento con vista a la bahía y al Cerro de Montevideo. "Vivo en esa fantasía de que es el lugar fundacional donde todo se origina, me gusta mucho la historia. Ahora está todo lleno de edificios, pero yo veo como si estuviera todavía la península, juego con eso".

Una pasión
Cabrera es un lector nato, es su mayor entretenimiento, un verdadero disfrute. Leyó mucho literatura, tanto narrativa como poesía de diversos países, ciencias sociales, historia, ensayos, política y crítica literaria. "Ahora estoy leyendo, más bien estudiando, el tango desde sus comienzos", cuenta.

DEBORAH FRIEDMANN
www.elpais.com.uy



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