La Radio del Gato

viernes, 13 de noviembre de 2009

El desierto de sal - Roberto Mascaró

De pronto, desemboqué en el Desierto de Sal. Allí los hombres embozan su cuello y cabeza en paños de barragán oscuro que ajustan a la altura de los hombros. Las mujeres llevan el pelo al viento. Aquí se encuentra el Páramo de Harina como perímetro central, donde el viento castiga día y noche la piel de la cara, borra los rasgos de los caminantes, opaca todo, se bebe la luz y ofrece en su lugar una blanquedad sin poros. La palabra pan es en este ámbito considerada como uno de los más gruesos insultos, de modo tal que no es siquiera empleada en las cotidianas reuniones de los clubes masculinos del Ejército Nacional. En el Desierto de Sal, el aire es afilado como un vidrio y ataca los cuellos, que se quiebran como papel antiguo a la persistencia de su embate. Aquí, la gente ni siquiera habla. Mi desemboque, empero, fue súbito. Entré en el Desierto de Sal por la puerta grande, por el camino junto al cual se amontona la materia blanquísima en finas lomas que los obreros nocturnos disponen, prolijamente. Casi nada se mueve por este lado. La respiración de los habitantes suena como un susurro apagado, como una tosecita equívoca, como un coche que se negase a encender el motor, que se Ahoga.
Los que por aquí discurren, casi no se hablan. Se rozan sí apenas junto a las grandes Arcadas que dan acceso a los Túneles, extrañas, minuciosas construcciones que les dan una tregua al Desierto de Sal, que sería empero el Hogar Verdadero, el auténtico Destino.

No hay comentarios:

Traductor