Por Gerardo Molina
Publicado en Hoy Canelones
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“Hace tres años el río se tragó, con la lenta parsimonia de un viejo rumiante, como si estuviese alertando, poniendo en evidencia su majestuosidad, el implacable dominio sobre este apelotonamiento irresponsable de casas enclaustradas en su orilla; media ciudad. Durante tres meses todo Barro Blanco vivió hacinado insoportablemente en la mitad de sus construcciones. Los afectados con mayor suerte por aquella masa amarronada y pútrida de agua se fueron a vivir a las casas de sus familiares en las zonas más altas, en las faldas del cerro. El resto de los infortunados, ignoro cuántos miles, se recluyeron en galpones de industrias abandonadas, en iglesias, o en clubes deportivos. Durante el primer mes sobrevolaba, sobre la mitad seca de Barro Blanco, un mohíno y quebradizo ronronear de humanismo. Ya en el segundo mes, lo que sobrevolaba era una histeria general y peligrosa y el olor intolerable de las cloacas desbordadas. Por ese tiempo circuló, con el humo de los fogones improvisados, de ollas clandestinas, un rumor. La gente, en situaciones así, saca a relucir las sucias estalactitas de las cuevas más oscuras de sus propios infortunios...” (26 de agosto)
“Pasar la noche con Angélica me había hecho sentir refulgente, como si hubiese inhalado una profunda bocanada de aire puro en la cima de los cerros que se elevaban pedregosos más allá de los límites empobrecidos de Barro Blanco. A veces caminaba hasta allí para subirme al lomo silencioso de esos inmensos durmientes de rocas grises y contemplaba la ciudad como un pastor que quisiera abandonar, para siempre su rebaño. La atrapaba en un gesto violento de las manos, el golpe seco de quien aplasta una mosca en vuelo. Barro Blanco se ve, desde aquellos cerros, semejante a un montón de chatarra en la orilla cetrina del río...... Algo me decía que si el río no cumplía sus amenazas de destrucción, algo más encontraría la naturaleza para dejar en pedazos una ciudad que pendía del hilo, del collar de jíbaros de unas pocas y omnipotentes cabezas, incluyendo la de López. Embargado de una extraña satisfacción, imaginé a todo Barro Blanco consumido por las lenguas insaciables de un ávido incendio, desintengrándose por completo en una suerte de combustión espontánea. Aquello me pareció paradójico, opuesto a la mortífera voluntad del río. Añadí mi propia sonrisa de ironía a la escena y le quité el cigarrillo, a medias, de las manos de Angélica.
La imponente bola de fuego comenzaba a anunciarse detrás de los cerros, más allá de los marginales límites de la ciudad en agonía. Había que salvarnos, al menos fingir que estábamos salvados. Teníamos que amarnos. Acaso emparejados al primer macho y la primera hembra, bíblicamente, nos amamos.”(28 de agosto)
“... Me parecía primordial convencer a Angélica de que en esta ciudad no quedaban esperanzas. La gente se arrastra sonámbula y enajenada en su rutinario desamparo, ciega ante todo cuanto la rodea.Todos, en realidad, estábamos ciegos y pasmados de diversas maneras. A todos nos había tragado el lodazal. Todos éramos carne de sapo en la mandíbula cuadrada de la serpiente.. Lo aceptan, degluten sin fe, sin ninguna afrenta, sin insurgencia, lánguidos, la fatalidad de sus destinos- quise decirle esas palabras para sacudirla de su propia tragedia. En efecto, ella era una de esas personas que acataban, con el deplorable goce que da la resignación, la fatalidad de su destino. –Acá no hay opciones. Los que no optan por los vicios degradantes y la violencia, naufragan en la profunda depresión, se deshumanizan hasta quedar vacíos, como si fuesen animales canijos y enjaulados. He estado observando el comportamiento de una familia que acaba de recibir un hijo.Viven enfrente de la pensión. Al otro día que la rozagante criatura llegó, en brazos de la madre, a la casa, busqué en los ojos de sus padres esa luz recóndita y nueva que irradia en las pupilas la felicidad. No había nada. Se adaptaron a esa novel y vulnerable existencia de la misma manera que se hubieran adaptado a un mueble, o a la muerte. Están huecos.-Pensé en recordarle, en la carta, la escasa o nula conmoción que vivió la ciudad después que el río se llevara en sus entrañas a trescientos niños y cien adultos en mayo, recordarle la indiferencia con la cual todos asumieron la calamidad como si se tratase de la muerte de sus gallinas. En realidad, los que allí estaban sepultados bajo el agua, flotando, apretados al techo de sus casas, eran sus familiares, sus hijos, sus hermanos, sus vecinos. Todos en esta ciudad están secos. Ningún impulso vital los sacará de su modorra esquelética. Van a morir, todos saben que van a morir. El río, o cualquier plaga, se ensañará definitivamente con la indolencia grotesca que nos cerca en un puño de dolor anestesiado, hasta acabar, sin piedad, con el último suspiro.” (29 de agosto)
Mario Sarabí
El autor. Mario Sarabí nació en Uruguay el 7 de octubre de 1981. Poeta, narrador y artista plástico. Editor, junto a Jandra Pagani, de la revista literaria “Revista Hipoética”. Entre sus obras publicadas destacan: “Desde el Jardín de Anubis” (poesía), escrito en co-autoría con el poeta Javier Dos Santos; “La Maga y otros Manifiestos” (poesía); “Semen” (Libro objeto con dibujos originales, poesía) y “Príncipes del Talión”, Muestra de escritores uruguayos. En narrativa ha publicado ensayos breves y cuentos en diferentes revistas literarias. “Matar a López” (Rumbo Editora) es su primera novela édita.
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